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Mujeres y actualidad

Que se mueran las feas, las gordas y las mayores de 35 años

María Ávila Bravo-Villasante
¿Qué quiere decir buena presencia? Pregunta Marta, una de las participantes en el taller de "entrevistas de trabajo". La respuesta de manual la conocemos todas, es la manera fácil, cínica, cobarde y menos dañina de ocultar una realidad de la que pocas veces se habla. La respuesta sincera, la que todas sabemos, evidenciaría  la exclusión del mercado a la tercera parte del taller  y a la gran mayoría de las mujeres de este país. Buena presencia e imagen fresca son eufemismos bajo los que opera la discriminación indirecta.

La belleza, en un mundo donde las mujeres tenían vetado el acceso a la esfera profesional, era la "simbólica  moneda" de cambio para acceder a un matrimonio ventajoso, única vía para garantizar su supervivencia. La lucha por la igualdad, por la autonomía, ha permitido que las mujeres podamos acceder a, casi, todas las esferas  de la vida social, económica y política -pendiente queda que esta presencia sea equilibrada y pendientes estamos,  también, de estar presentes en los puestos de mayor responsabilidad; pero eso  son otras aguas.   Sería de esperar que el valor de la "simbólica moneda"  hubiera desaparecido, que hubiéramos asistido a  su progresiva devaluación y definitiva supresión.  Sin embargo,  en lugar de  suprimirse, se ha transformado en un requisito para el acceso al mundo laboral y el mantenimiento del puesto de trabajo.

Naomi Wolf, en su libro El mito de la belleza (1990), da cuenta de  esta transformación. El requisito de  belleza profesional (RBP)   comienza ser  una exigencia para cualquier empleo  que requiera un contacto de las mujeres con el público.  La profesionalidad, en el caso de las mujeres, se  ve indisolublemente ligada a la belleza, operando como un criterio discriminatorio.  En la década de los setenta, asistimos a las primeras denuncias. El despido de   Ingrid Fee,  azafata de National Airlines, por pesar dos kilos más de lo estipulado dio la voz de alarma.  «¿Cómo se puede afirmar que dos kilos de más puedan convertir en mala a una buena azafata?"»,  alegó el abogado de Fee.  La respuesta es obvia: no puede afirmarse. Opera como un factor discriminatorio exigible a todas las mujeres que no  trabajen completamente aisladas (Wolf, 1992).
El caso de la recepcionista británica Nicola Thorp, enviada a casa sin sueldo por negarse a llevar tacones (véase denuncia BBC)  o Elena Andia,  Licenciada en Geología y  Experta en Geología rechazada para un puesto de joyera por "estar demasiado gorda"  (El confindencial), nos muestran lo lejos que estamos de alcanzar una igualdad efectiva en el ámbito laboral.

En un país donde la mayoría de los puestos de atención al público están feminizados, no podemos llevarnos a engaño, el RBP es un criterio de discriminación que poco tiene que ver con los requisitos profesionales deseables para acceder a un puesto.