En el mundo y en Cuba hay muchos buenos pintores. Los museos están llenos de obras maestras que enorgullecen el intelecto humano.
Pero también en lugares recónditos, impensables, se esconden personas que hacen su vida sin el amparo de instituciones oficiales y siguen engendrando cuadros que, por su belleza, merecerían estar también en galerías y centros de arte, pero que, no sabemos por qué, permanecen ignorados, a veces escondidos en closets y mesas de trabajo, o decorando lugares que no están a la altura de los mismos.
Ese es el caso de la obra de Georgina Henríquez de la Cruz.
Nacida en 1946 y criada en el barrio de Marianao de la ciudad de La Habana, Georgina pasó su infancia y adolescencia en el ambiente de los años cincuenta al setenta del pasado siglo, siendo presa de las inquietudes normales que generaba una revolución que por una parte contribuía a liberar la mentalidad de las mujeres cubanas, aunque por otra ponía frenos a la libertad de expresión y del pensamiento.
Graduada de la escuela de pintura de San Alejandro en La Habana y posteriormente de arquitectura en ciudad universitaria José Antonio Echeverría, conocida familiarmente por ingenieros y arquitectos como CUJAE, ha incursionado en diferentes temas, desde el realismo simbólico hasta el arte religioso como lo prueba la mención y primer premio colateral de la delegación Claretiana de las Antillas en el Octavo salón nacional de arte religioso de 2007 en La Habana o los premios y menciones del Primer salón de arquitectos en las artes visuales, el Primer salón de artes plásticas de la Asociación canaria de Cuba, o el Segundo salón de arte colonial de La Habana entre 1975 y 1998.
Obras que no alcanzaron ningún premio abarcan temas tan disímiles como el retrato, el bodegón, el arte abstracto y el figurativo, técnicas tan disímiles como el acrílico y el pastel, la acuarela y el collage. Sus éxitos locales se reflejan en su currículo.