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Mujeres y actualidad

Yo no tengo garaje, pero tengo cuarto propio conectado

Tele(trabajo) y potencia política de los espacios privados en red

Remedios Zafra

 

 
foto remedios zafra

Hace casi un siglo Virginia Woolf identificaba dos necesidades para que una mujer pudiera dedicarse a la creación: dinero y una habitación propia. Ambos requerimientos siguen particularmente vigentes hoy para el desarrollo de una actividad intelectual y, cada vez más, profesional. Pero el escenario ha cambiado en algo crucial: ese cuarto propio es ya, irreversiblemente, un cuarto “conectado” a Internet.

En una época caracterizada por la dispersión y el exceso informativo, pero también por la proliferación del desempleo y los trabajos precarizados, el espacio de concentración del cuarto propio, de un lado, y de otro, las nuevas formas de trabajo y producción online, sitúan el cuarto propio conectado como territorio de reflexión necesaria. Es además en estos dos aspectos (espacios de emancipación-concentración y formas de trabajo remunerado online) donde, a mi modo de ver, existe una relación más sugerente con la propuesta de Woolf, donde situamos la más expresa lectura feminista.

 

Un cuarto propio conectado opera hoy como particular centro de operaciones de nuestra vida online, en consecuencia, también como laboratorio y lugar de estudio. El cuarto propio conectado sería, en este sentido, un potencial escenario de creación, juego y versatilidad donde surgen nuevas oportunidades respecto a los sistemas disciplinares de producción y difusión creativa. Es más, fuera del yugo disciplinar, el cuarto propio conectado opera como lugar idóneo para la motivación y la experimentación digital, como espacio donde poder convertir afición en trabajo (entre otras razones, porque allí nos convertimos en gestores de nuestro propio tiempo). Y esto no es trivial, especialmente si advertimos ciertas similitudes con otros espacios no disciplinares que han sido revolucionarios en las últimas décadas. Pensemos, por ejemplo, en los garajes: lugares de gestación de las más importantes empresas tecnológicas globales en el hoy llamado Silicon Valley. Quiero decir que, si en otra época el juego, la motivación y experimentación tecnológica amateur de unos adolescentes fue origen (sigue siéndolo) de grandes proyectos, hoy la experimentación de mayor potencia no está sólo en los garajes de los amigos del hardware, ni siquiera debiera estar restringida por el género (no de la misma manera que antes), sino que se amplía a los cuartos conectados de cada uno de nosotros, allí donde trabajamos y nos relacionamos a través de una pantalla
 

Claro que la cosa no es fácil y que la posibilidad de un cuarto propio conectado emancipador no acontece sin esfuerzo, pero lo que sí advertimos hoy es un escenario “singular” sobre el que hemos de reflexionar críticamente. Bajo esa advertencia crítica, mi propósito a continuación será aproximarnos a las posibilidades, herencias y transgresiones del cuarto propio conectado para el trabajo de las mujeres en una sociedad en red.

Empleo y trabajo en el hogar conectado

 Una primera cuestión a tener en cuenta sería que la tradicional consideración doméstica y feminizada del hogar ha llevado implícito un grado de desdeño en oposición a lo público. De hecho, la dicotomía doméstico-público tiende a reproducir problemas ligados al concepto de “prestigio masculino”, apoyándose en la idea de que un espacio (el público-remunerado) contiene al otro (doméstico y sumiso) y que este último es una esfera aislada de la social. Para el feminismo más reciente reflexionar sobre los sistemas masculinos de prestigio (Ortner y Whitehead, 1981) es asunto crucial. Sherry Ortner y Harriet Whitehead han insistido especialmente en ello, no ya como modo de enfrentar el sesgo masculino, sino como modo de entender la construcción cultural del género. En esta línea, desmontar las asignaciones de valor ligadas a determinados espacios, requeriría entrar en las concepciones que tenemos sobre el sistema que compartimos; entrar en las actividades relacionadas con la producción y la reproducción que establecen entre sí una asociación medios-fin y, muy especialmente, con las formas en las que hombres y mujeres gestionamos nuestros tiempos.

No obstante, cabe la duda de si estas asociaciones de valor están siendo transgredidas o simplemente maquilladas por los cambios emanados del trabajo inmaterial y lo que hoy entendemos como teletrabajo en el hogar conectado. Una primera lectura nos hablaría de la convivencia de viejos y nuevos modelos de gestión del tiempo y el trabajo, que derivan en habitaciones conectadas cada vez más inmersivas, como nodos del trabajo inmaterial. Convivencia, la sugerida, que mantendría aún vivas herencias patriarcales. No olvidemos que esta inmersión que referimos es efecto de la confluencia de trabajos antes diferenciados por su lugar de ejecución. Trabajos hasta hace poco -y aún hoy- llamados empleos cuando se ejercen fuera del hogar y conllevan una retribución económica, frente al trabajo doméstico no remunerado y situado entre el consumo y la producción económica. Unas y otras actividades son en la actualidad parte del trabajo que realizamos en casa, sin que aún se haya producido un ajuste igualitario en el demandado reparto igualitario de tareas y conciliación.

Dos cuestiones serían importantes en este punto. Una, advertir que muchas mujeres que hoy vuelven a casa a teletrabajar, vuelven sin “haber salido del todo”, es decir, sin haberse liberado todavía de asignaciones heredadas en el mundo doméstico. Y dos, que a las actividades que confluyen en el hogar conectado, habría hoy que sumar las propias de una sociedad en red, y que irían del “do it yourself” tan característico del autodidactismo tecnológico [aprende a usar y crear tus propias herramientas) hasta las tareas que se desprenden de la prosumición y de la gestión de nuestras redes y “yoes” digitales, especialmente de sus vínculos afectivos. Todo ello, conforma un espacio público-privado online que dista de la imagen cliché de espacio doméstico identificado, aún hoy, como esfera privada.

 

Trabajo doméstico y Prosumición: algunas analogías

Pero quisiera profundizar algo más en esta cuestión y establecer una relación entre el trabajo doméstico y la prosumición. Para ello hemos de tener en cuenta que por mucho tiempo el trabajo doméstico se situó en el corazón del consumo, y que las aportaciones feministas enfatizaron la falta de neutralidad en la consideración del vínculo entre el consumo y la producción, como fruto simultáneo de la actividad económica capitalista. De igual manera, también se reclamó una visibilización y revalorización de lo hecho entre las paredes de la casa. Me refiero al trabajo familiar, afectivo, de atención, cuidado y mantenimiento de las vidas cercanas, sin ningún tipo de contraprestación salarial, salvo la que los mitos y leyendas se han ocupado de reiterar como suficiente: pago con “amor”. Todavía hoy el trabajo doméstico es un aspecto muy considerado del consumo (Narotzky, 2004), donde están presentes la producción de bienes (comidas, tejidos, muebles – formas también del “do it yourself”-) y servicios (limpieza, cuidado de niños, enfermos y personas mayores). Estas tareas de producción exigen una planificación: compras, comidas, organización de ropas y logísticas necesarias para garantizar el “tiempo propio” de quienes viven en una casa. En este sentido, advertimos una primera semejanza entre el trabajo doméstico y la prosumición. Una semejanza apoyada en la aparente invalidez de la división conceptual entre producción, consumo y distribución. Apoyada también en su uso tendencioso para acentuar las relaciones de poder y valor que, a su vez, camuflan las tareas enmarcadas en el ámbito del consumo doméstico y digital. Vemos que ambas requieren un tiempo de producción y en ellas se apoyan quienes “sí” realizan trabajos remunerados.

Pensemos “quién hace qué en la Red”, y “de qué manera se beneficia de dicho trabajo”; quiénes son los prosumidores que alimentan afectivamente sus yoes digitales en las redes sociales (tal vez habría que decir mayoritariamente: prosumidoras), y quienes son los que rentabilizan dichos espacios (Facebook, Google, YouTube o Tuenti, por poner unos ejemplos). Veamos que los creadores de estas herramientas coinciden en este caso con un perfil singular de esta época tecnológica: chicos varones y jóvenes que hicieron de su ordenador –y en muchos casos de su garaje- el centro de una empresa tecnológica. No obstante, el valor de estas empresas en cada caso, no es tanto el dispositivo en sí, sino concebirlas como “espacios” que logran congregar a millones de “yoes”, ya no usuarios sino “usuarios que producen”. Espacios que se convierten en parte misma de las relaciones afectivas y que transforman a los usuarios en productores y en “contenido”. Sin duda, estas estructuras de relación también nos hablan de formas de distribución de personas y espacios no exentas de significación política.

 

Este debate pondría de relieve que el trabajo adscrito al ámbito del “consumo” tiene cada vez más implicaciones en el ámbito de la “producción” y de su organización, pero introduce un nuevo elemento: la neutralización (por exceso y saturación) de nuestra capacidad crítica y de concentración respecto a redes cada vez más inclusivas y demandantes de atención y participación; estructuras siempre preparadas para que “opines”, “puntúes”, “envíes”, “seas amigo”, “comentes”, sumes un “me gusta” y las uses sin descanso. Esta sería una cuestión importante sobre la que advierte el cuarto propio conectado: la confluencia de nuestras actividades en un espacio percibido como optimizador de nuestro tiempo, que donde las redes nos exigen cada vez una mayor y más significativa cantidad de tiempo para producir lo que consumimos, especialmente en el ámbito de las relaciones afectivas.

Potencial de “tu” cuarto propio conectado

 

Un cuarto propio forma parte de una casa y como tal, la casa ha sido tradicionalmente feminizada e identificada con las mujeres por las actividades que social, cultural y económicamente las supeditaban al cuidado de la familia y a la crianza de los hijos. Las lecturas sobre el mundo doméstico, la vida privada y las historias afectivas, políticas y económicas que allí acontecían, no han tenido tradicionalmente un valor productivo ni de prestigio, más allá de inspirar diversos mitos culturales sobre las mujeres y asentar su papel en la reproducción, y no en la producción de conocimiento. Los espacios privados lo han sido durante mucho tiempo para enmudecer sobre ellos.

 

 

Como célula diferencial en el espacio privado, la de la habitación propia con la casa es una relación paradójica, rebelándose contra la minusvaloración dada al conjunto. Ésta es una tesis de importante calado, al reivindicar que la estructura y distribución de todo espacio vital puede ser un condicionante que asigna a determinadas personas, determinadas ocupaciones y, por consiguiente, distintas expectativas y posibilidades de ser en la vida. Pero que existe la posibilidad de rebelarse desde adentro, de apropiarse del espacio y resignifica su uso y valor. La habitación propia demandada por Woolf, siendo un espacio privado, funcionaría también como un lugar donde “pensar” y construir lo público, en tanto espacio de estudio y concentración. La habitación propia conectada, da un paso más allá, pues permite el acceso sincrónico a lo público y la intervención en dicha esfera, como efecto, la redefinición de estos clásicos espacios, ahora mezclados, ahora “en construcción”.

Como productoras en una era de redes, el reto más básico y por ello más significativo, nos exige habitar esta complejidad, creando nuestros espacios y tiempos de concentración y motivación creadora. Porque toda producción emancipadora que enfrente los hándicaps de nuestros espacios e historias (también online) requiere de un tiempo, una distancia “reiterada” para hacer y deshacer máscaras, para soñar primero y para jugar siempre, si no hay garaje, en el cuarto propio conectado. Sólo creando nuestro particular cuarto propio conectado, descubriremos su verdadera potencia revolucionaria y, con seguridad, nuestra propia potencia creativa y productiva. De hecho, no se trata solamente de la crítica que podamos hacer a la vida en el cuarto propio conectado, sino de la crítica que la vida en el cuarto propio conectado puede hacer sobre todo lo exterior a ella (susurra una voz: crea tu propio cuarto conectado, allí donde poder imaginar y construir el mundo que quieres, tu trabajo y a ti misma).

Más información en:

LIBRO: Un cuarto propio conectado. (Ciber)espacio y (auto)gestión del yo, de Remedios Zafra (ed. Fórcola, 2010, www.forcolaediciones.com)

ARTÍCULO: “Un cuarto propio conectado. Creación y feminismo desde la esfera público-privada online”, de Remedios Zafra (www.remedioszafra.net)

 


 

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